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Cuando una empresa empieza a fracasar, los directivos suelen hacerse la primera pregunta equivocada. Se preguntan qué estrategia de salida tiene sentido. Vender, cerrar o liquidar. El marco sugiere elección, control y tiempo.
En las situaciones tardías, ese encuadre ya es obsoleto.
En el momento en que se debate activamente una salida, las fuerzas externas ya han empezado a condicionar el resultado. Los acreedores son más estrictos. Los clientes dudan. Los empleados se fijan más en el lenguaje de los directivos que en las cifras. La empresa puede seguir funcionando día a día, pero la libertad estratégica se ha reducido considerablemente.
Llegados a este punto, la cuestión ya no es qué opción parece mejor sobre el papel. La cuestión es qué opción es realista.
Cómo se reducen las opciones de salida antes de que los líderes lo admitan
Las opciones de salida no desaparecen de la noche a la mañana. Se erosionan silenciosamente, a menudo sin una señal clara de que ha ocurrido algo irreversible.
Los equipos de dirección tienden a creer que aún tienen tiempo porque las operaciones continúan y el efectivo puede seguir entrando. Lo que subestiman es lo pronto que otras partes interesadas empiezan a prepararse para los escenarios negativos.
Los bancos ajustan su postura interna antes de decir nada en voz alta. Los proveedores se protegen sutilmente. Los compradores reevalúan el interés mucho antes de que se inicie formalmente un proceso.
Cada retraso elimina una vía de salida sin anunciarla. Para cuando los dirigentes reconocen que la elección se ha reducido, las opciones restantes ya están limitadas por fuerzas que escapan a su control.
Los tres resultados de salida que quedan
En las empresas en quiebra, vender, cerrar y liquidar no son alternativas estratégicas elegidas libremente. Son resultados impuestos por las circunstancias.
1. Venta en situación de dificultad: cuando la empresa aún puede transmitir
La venta sigue siendo posible si la empresa puede funcionar como negocio en marcha el tiempo suficiente para que cambie la propiedad. Esto requiere algo más que ingresos. Requiere estabilidad, credibilidad y pasivos manejables.
En situaciones de crisis, los compradores no valoran el historial. Valoran la incertidumbre. Se fijan en el riesgo de ejecución, la exposición legal y la cantidad de trabajo necesario tras la transacción para estabilizar el activo.
Muchos procesos de venta fracasan no porque no haya comprador, sino porque la confianza se derrumba a mitad del proceso. Los empleados clave se marchan. El rendimiento se deteriora aún más. Aparecen lagunas de información durante la diligencia. Lo que empezó como una venta potencial se convierte en una distracción prolongada que acelera el declive.
Una venta sólo funciona cuando la disciplina de ejecución sigue siendo lo suficientemente fuerte como para llevar el negocio a través de la transición.
2. Operaciones de cierre: cuando la continuación crea más daños
A menudo se malinterpreta el cierre como rendición. En realidad, a veces es la forma más responsable de detener una mayor destrucción de valor.
El cierre de operaciones tiene sentido cuando la continuación de la actividad genera responsabilidades adicionales. Pueden ser impuestos impagados, riesgos de seguridad, exposición medioambiental o incumplimientos contractuales. En estos casos, cada mes adicional de actividad aumenta el coste final para las partes interesadas.
El cierre no elimina las consecuencias. Las contiene. Permite a los directivos pasar de la defensa de la empresa a la gestión responsable de su fin, con claridad para empleados, reguladores y socios.
Cuando el cierre se retrasa demasiado, deja de estar controlado y empieza a ser caótico.
3. Liquidación: cuando se reduce el valor de los activos y las obligaciones.
La liquidación es el momento en el que la empresa deja de tratarse como una entidad operativa para convertirse en un conjunto de activos y pasivos.
Este resultado suele ser provocado por la insolvencia o la acción de los acreedores. El control se desplaza formalmente de la dirección. Las decisiones se rigen por procesos legales más que por la intención de los directivos.
Muchos directivos asumen que la liquidación es siempre el peor resultado. En realidad, las ventas mal gestionadas o los cierres tardíos suelen destruir más valor que una liquidación oportuna y estructurada. La diferencia radica en el momento y la ejecución, no en la etiqueta aplicada a la salida.
Lo que realmente determina qué salida sigue siendo posible
Los líderes suelen debatir las opciones de salida como si la preferencia desempeñara el papel central. En la práctica, un pequeño conjunto de limitaciones decide lo que sigue siendo factible.
- Posición de liquidez y calendario de tesorería
- Postura de los acreedores y riesgo de ejecución
- Umbrales legales relacionados con la insolvencia y la responsabilidad de los administradores
- Confianza de las partes interesadas, especialmente clientes y reguladores.
- Capacidad de ejecución durante la inestabilidad
Cuando estos factores se deterioran, las opciones de salida desaparecen, independientemente de la intención del liderazgo.
Por qué los líderes eligen la salida equivocada demasiado tarde
La mayoría de los líderes se anclan en el resultado más favorable. Se persigue la venta incluso cuando las condiciones ya no la apoyan. El cierre se retrasa porque parece prematuro. Se evita la liquidación por el estigma que conlleva.
Este comportamiento es comprensible. Nadie quiere ser recordado como el dirigente que cerró una empresa o la entregó a los liquidadores.
El problema es que el retraso rara vez preserva el resultado preferido. Suele eliminarlo. Una venta perseguida demasiado tarde se hunde. El cierre pospuesto demasiado tiempo se vuelve desordenado. La liquidación llega de todos modos, pero en peores condiciones.
A menudo se elige la salida equivocada, no porque los líderes juzguen mal la realidad, sino porque se aferran a ella demasiado tiempo.
La ejecución es donde se conserva o destruye el valor
La decisión de vender, cerrar o liquidar importa menos que cómo se ejecuta.
La mayor parte del valor se destruye después de que se haya despejado el camino de salida. Una mala comunicación crea pánico. Los retrasos en la divulgación invitan a una escalada reguladora. La debilidad de las estructuras de autoridad genera confusión y deriva. El conocimiento se pierde porque nadie es dueño de la transición.
En esta fase, la densidad de liderazgo importa más que la visión. Una autoridad clara, la secuenciación y la visibilidad determinan si el daño se contiene o se amplifica.
Cuando sea estructuralmente necesario un liderazgo interino
En muchas situaciones de fase avanzada, los líderes permanentes ya no están en condiciones de soportar todo el peso de la ejecución. La exposición legal aumenta. El riesgo para la reputación se agudiza. Las decisiones se vuelven irreversibles.
Aquí es donde a veces se introduce el liderazgo interino, no para cambiar el resultado, sino para ejecutarlo adecuadamente. Empresas como CE Interino se comprometen en estos momentos a proporcionar autoridad de ejecución cuando la lógica de continuidad ya no se aplica y cuando la ejecución controlada importa más que preservar las apariencias.
El valor no reside en el asesoramiento, sino en la capacidad de llevar la exposición hasta el final.
La pregunta que los líderes deben hacerse antes de que otros la respondan
En las empresas en quiebra, el resultado de la salida suele estar decidido por acontecimientos que ya están en marcha. Lo que queda por decidir es cuánto daño se hará por el camino.
Vender, cerrar o liquidar no son opciones de un menú. Son consecuencias del momento oportuno, el control y la ejecución.
La cuestión no es qué salida prefieren los líderes.
Se trata de qué salida son aún capaces de ejecutar correctamente antes de que otros lo decidan por ellos.


