¿No tiene tiempo para leer el artículo completo? Escuche el resumen en 2 minutos.
Hay un momento en cada empresa en quiebra que parece engañosamente tranquilo.
Las cifras son malas. Las pérdidas se repiten trimestre tras trimestre. Las previsiones se revisan de nuevo. Sin embargo, la organización no se deja llevar por el pánico. Las reuniones continúan. Se discuten los presupuestos. Se actualizan las estrategias. La dirección mantiene la compostura.
Esta calma se interpreta a menudo erróneamente como control.
En realidad, suele negarse a hacer su trabajo.
La calma no es estabilidad
La mayoría de los líderes asumen que el pánico es la señal de peligro. No es así.
En las empresas deficitarias, el pánico llega tarde. Lo que llega primero es un prolongado periodo de neutralidad emocional. La gente sabe que la situación no es buena, pero se comporta como si aún hubiera tiempo.
Esto sucede porque el pánico obliga a tomar decisiones irreversibles:
- admitir que el modelo de negocio puede estar roto
- reconocer que las opciones de liderazgo han fracasado
- aceptar que las funciones, el poder o las carreras pueden cambiar
Mientras persista la calma, nada de eso tiene por qué ocurrir.
La negación permite a la organización seguir funcionando sin afrontar las consecuencias.
Por qué las pérdidas por sí solas no desencadenan la acción
Las pérdidas financieras son abstractas hasta que se convierten en personales.
Mientras se paguen los sueldos, los proveedores cumplan lo prometido y los bancos permanezcan tranquilos, la dirección puede presentar las pérdidas como temporales. Las previsiones crean distancia. Los presupuestos suavizan la realidad. El EBITDA ajustado cuenta una historia reconfortante.
Las pérdidas parecen manejables porque:
- el dinero aún no se ha agotado
- la presión externa no ha llegado
- la responsabilidad interna sigue siendo difusa
Esto crea una peligrosa ilusión: que el tiempo sigue siendo un activo estratégico.
Normalmente no lo es.
La negación suele ser racional, no ignorante
La negación en los equipos de liderazgo rara vez es estupidez. A menudo es autoprotección racional.
Actuar demasiado pronto tiene consecuencias visibles:
- reducciones de plantilla
- desinversiones
- pérdida de autonomía
- escalada de la junta
Esperar parece más seguro porque el coste del retraso es difuso. El coste de la acción es inmediato y personal.
Las organizaciones recompensan a los líderes tranquilos. Castigan a los disruptivos. Con el tiempo, la negación se refuerza culturalmente.
El resultado no es el pánico.
El resultado es la deriva.
Cómo se manifiesta la negación dentro de la organización
La negación no parece dramática. Parece procesal.
Las señales comunes incluyen:
- planificación interminable de escenarios sin ejecución
- centrarse en ajustes operativos en lugar de en cuestiones estructurales
- iniciativas de costes repetidos sin impacto duradero
- discusiones de liderazgo enmarcadas en “vigilar de cerca”
El lenguaje se vuelve cauteloso. Las decisiones se aplazan. La responsabilidad se reparte entre los comités.
Nada parece urgente porque la urgencia forzaría la propiedad.
El verdadero riesgo no es el colapso. Es el retraso.
La mayoría de las empresas que pierden dinero no fracasan de repente. Fracasan lentamente.
El valor se erosiona mientras el liderazgo debate el momento oportuno. La opcionalidad desaparece silenciosamente. Cuando por fin la acción se hace inevitable, las opciones son más limitadas, duras y externas.
Los bancos imponen condiciones. Los compradores dictan las condiciones. Los reguladores intervienen. La confianza de los trabajadores se derrumba.
En ese momento, llega el pánico. Pero llega demasiado tarde para ser útil.
Por qué el liderazgo tranquilo suele ser la última advertencia
La señal más peligrosa no es la ansiedad. Es el aplanamiento emocional.
Cuando los líderes mantienen la calma a pesar de las repetidas pérdidas, suele significar que la organización ha dejado de enfrentarse directamente a la realidad. La calma se convierte en un amortiguador entre los hechos y las decisiones.
Esta es la fase en la que las empresas aún parecen intactas desde el punto de vista operativo, pero debilitadas desde el punto de vista estructural. También es el último momento en el que el liderazgo interno aún podría recuperar el control.
Una vez que la negación se convierte en inercia, el control se desplaza a otra parte.
Cuando la autoridad de ejecución sustituye a la comodidad
Romper la negación no requiere motivación. Requiere autoridad.
Aquí es donde las organizaciones a veces recurren al liderazgo interino. No para rescatar el negocio ni para asesorar desde la barrera, sino para ejecutar decisiones que los líderes internos son estructuralmente incapaces de asumir.
Empresas como CE Interino suelen intervenir en el momento en que la calma ya no es segura, pero aún no ha llegado el caos. Su función no es inspirar urgencia, sino traducir la realidad en acción sin distorsión emocional.
Una pregunta silenciosa que merece la pena hacerse
Si su empresa está perdiendo dinero y sigue tranquila, hágase una pregunta:
¿Qué decisión haría desaparecer inmediatamente esta calma?
Si la respuesta es obvia, es posible que la negación ya esté haciendo más daño del que podría hacer el pánico.


